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Aun no puedo saber si hay vida después de la muerte. Pero, puedo decir que en esta misma vida he muerto por lo menos tres veces.

Conocí a Ana en un momento de mi vida en el cuál no pude haber conocido a nadie más, lo nuestro fue en sí como no pudo ser otra cosa. Dos mundos distintos, uno colonizando al otro, eso podría resumir lo que fue nuestra relación. Y en medio de la conquista, la aventura de conocer un mundo del cuál no tenía ninguna noticia. Esa extrañeza hecha mujer fue lo que mantuvo cautiva mi atención, y fue lo único que necesité para decidir vivir con ella. Pero pasado un tiempo las cosas cambiaron.

El castigo de haberme acostumbrado a su presencia, a su emblemática sonrisa y a su sutil belleza, fue quedarme solo. Yo le reñía por algo que ella nunca tuvo: eso. Era “algo” que siempre estuve esperando en ella, algo que nunca tuvo, y que nunca vi. Tiempo después, la doctora me explicaría que eso que yo buscaba en ella era un simple pretexto para reñirle, así empezaron los problemas. Reñíamos constantemente. Yo pensaba que ella iba a estar siempre a mi lado y siempre iba a aguantarme tal y como era, pero estaba equivocado. Después de muchas rupturas resolvimos terminar, cosa que yo recibí con razón, pues sabía que eso, después de todo, era lo correcto.

Tras las primeras semana comencé a sumergirme en cierta melancolía… no me percataba de que me hundía más y más en un hoyo del cual no saldría fácilmente, o nunca saldría. Quise hallar el olvido, al estilo Jalisco, pero el alcohol hizo surgir una desolación desde dentro, una ausencia que yo no había sentido; traté de hablar inútilmente con ella para que regresara conmigo; yo la entendía, pero no podía aceptar que ella nunca regresaría a mi lado. El alcohol también me dejó ver un lado mío que yo no conocía: intenté tres veces el suicido;  la última vez me regresaron literalmente a la vida tras estar tres meses en coma debido a una sobre dosis de pastillas.

En ese tiempo Ana se vio conmovida por mis actos suicidas, pero gracias al asesoramiento de psicólogos, no regresó conmigo, porque según ellos eso era precisamente lo que quería lograr con esos actos. Qué saben ellos. Yo solo quería morirme.

Meses de rehabilitación me hicieron ver que una vida al lado de una persona como yo, no se le desea a nadie. Busqué afanosamente un remedio, algo que me permitiera vivir con ella sin hacerle daño, así encontré a un grupo de psiquiatras que experimentaban con un método aún en sus primeras etapas, pero que ofrecían una vida aceptable a personas como yo y de paso me aseguraban acabar con mi alcoholismo, enfermedad que según algunos especialistas es incurable.

Ana, a pesar o gracias a todo lo vivido, aceptó entrar en esta dinámica, con la promesa de que si yo llegaba hasta las últimas consecuencias habría la posibilidad de vivir juntos otra vez, indefinidamente.

Así, empezamos con el tratamiento.

Primero me hacían ver por horas diagramas, dibujos abstractos, líneas y figuras como círculos o cuadrados, estaban programando un nuevo comportamiento en mí. Nunca fui escéptico, tuve en mente todo el tiempo que eso me haría tener una vida sana, sin peleas, sin violencia, y sobre todo, una vida donde iba a estar al lado de Ana; qué demonios importaba si me extraían el cerebro y en su lugar me ponían uno diferente.

Las primeras semanas abundaba la tranquilidad. Pero pronto empecé a acostumbrarme a su presencia y me aburría su forma de ser que me parecía poco menos que vacua. Toda su conversación giraba en torno a sus amigos, sus parejas y sus vidas, cosas que yo tenía en poca estima. Así que para no mostrarle desagrado nuestra comunicación se volvió el silencio, otra forma de violencia. Otra vez estaba actuando de una manera inaceptable, y Ana estaba a punto de dejarme.

Cada que esto pasaba, cada que ella me amenazaba yo sentía mucho temor y me volvía un corderito y era amable y amoroso; la escuchaba y tenía detalles para con ella, pero eso ya no le bastaba. Los doctores me dijeron que esto era algo ya previsto; ellos observaban siempre esta misma conducta en las otras parejas bajo el mismo tratamiento; así que nos propusieron pasar al siguiente nivel, pero teníamos ambos que firmar un consentimiento en el que cedíamos el derecho a los doctores para  tomar decisiones sobre mi persona, basados en las observaciones de mi comportamiento; a lo que yo accedí gustoso con la esperanza de ahora si, por fin, ser del agrado de mi pareja, y de permanecer a su lado hasta el día en que muriera.

El siguiente paso fue medicarme, con lo que primero desaparecieron las ganas de beber que imperiosamente aparecían de vez en cuando, pero con ellas desapareció también todo mi interés por otra cosa que no fuera Ana.

Curiosamente esas pastillas ayudaron a nuestras relaciones íntimas; exploramos un mundo desconocido hasta entonces para nosotros. Ana estaba complacida y mucho más yo, que podía ser objeto de su complacencia. Ella me pedía que hiciéramos cosas distintas todo el tiempo, a lo que yo no me oponía; se informaba de otras formas de hacer el amor, era toda una entusiasta investigadora del tema. Pero algo me pasaba. Gracias a las pastillas no podía llegar a tener orgasmos; eso no me importó, siempre que ella, estuviese complacida.

Un día desaparecieron sus ganas de explorar. Ana se satisfacía con que yo le diera placer oral, así se mantenía feliz y contenta diariamente. A mí eso me hacía muy feliz. Era increíble que por primera vez las cosas embonaban como piezas de rompecabezas; ya no había pleitos, ya no había reclamos, solo era ella y yo satisfechos, ella del trabajo de mi lengua yo de su satisfacción.

De tanto que era su contentamiento el sexo oral, que yo entusiasta asistía, ya vivía más en cuatro patas que en dos. No me molestaba, yo era feliz, verdaderamente feliz por primera vez en mi vida, y día con día mi objeto era uno solo: la satisfacción de mi ama. Ya fuera en los días normales o en  aquellos días, que sólo al principio me molestó por el olor que aguantaba con estoicismo, pero del que luego “encontré” su sabor. Lo que ya no me parecía es que empezaba a sentirme celoso de Henry.

Henry era un robusto pastor Alemán, con el que una vez ella entró a la casa, y que no paraba de acariciar y apapachar; con él tuve muchas peleas y casi me desangro una vez que atrapó mi cuello con su fuerte hocico. Había ya crecido tanto que entendí que era la diplomacia la mejor forma de terminar con nuestros conflictos. Así que nos volvimos amigos.

Poco a poco fui perdiendo la capacidad de hablar, lo que llamó la atención de los doctores quienes me tenían en observación, por lo que estuve mucho tiempo fuera de mi casa. Entré en un estado de depresión que me impidió comer, estuve a punto de morir por inanición, yo diría tristeza; lo único en lo que pensaba era en Ana. Quería verla, estar junto a ella, verla feliz. Entonces uno de los doctores, Carlos, decidió llevarme de nuevo a mi casa, al  lado de Ana.

Carlos es una persona muy buena, quiere mucho a Ana y la hace feliz, eso me hace muy feliz a mí también. Aunque la mayor parte del tiempo no la veo, la espero con ansia al lado de Henry, que se ha vuelto mi compañero inseparable. Al lado de él he aprendido que las palabras no son necesarias para manifestar afecto, tampoco para recibirlo, pero me agrada cuando Ana y Carlos se refieren a nosotros con palabras cariñosas. Creo firmemente que he encontrado el verdadero significado del amor incondicional, y ahora más que nunca amo tanto a Ana, como no creí amar a alguien en esta vida.

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